martes, 12 de marzo de 2013

Desmayo


Hay personas que necesitan desmayarse para hacer un corte a la realidad. Es un paréntesis en blanco a un momento de dolor, miedo o extrema confusión. Lo justo para que esa situación se paralice y volver, con cuidado, a la vida consciente y responsable. Además de los mecanismos fisiológicos y psíquicos, hay redes mucho más sutiles e incontrolables. Fantasean los gurús de las terapias alternativas y mil y un tipo de sanadores con que ese terreno lo tocan ellos. Y yo no me creo casi nada. Digo esto y he probado el reiki, las flores de Bach, la terapia por color, las energías vibracionales de un curioso brujo antropólogo, la kinesiterapia pasiva, el péndulo, la homeopatía, el yoga y alguna movida más que practica gente cercana, a la que aprecio y supongo talento y honestidad para ayudar a los demás. No digo que esto no valga. En un momento determinado algo de esto te puede servir. Claro que sí. También ayuda llevar una piedra en el bolsillo, un elefante en el bolso (gracias Ceci!) o creer en la propia energía. Que te abrace fuerte quien tú quieres que te abrace. O pegarte cuarenta minutos al trote, eso también es eficaz para alinear -o lo que sea que haya que hacer con- los chacras. No te digo ya una buena pateada en el monte con día espectacular: eso te hace un trabajito interno que ni te imaginas.

Pero hay algo por ahí, algo que se escapa a lo que podemos nombrar, con lo que no hay quien se aclare. Entonces vas, y te desmayas.

Llámame floja, pero curiosamente hay días en los que sufro varios desmayos. Pequeños. Nadie lo nota, pero yo identifico el cortocircuito, la falta de ánimo, de fuerza. Pierdo mi poco sentido. Y las palabras no pueden explicar ni de lejos este fenómeno tan complejo. Cuando no sé hacer otra cosa, desfallezco de este modo tan delicado: mis desmayos cotidianos.

Y luego, tengo un  poquito más de coraje para mirar a los ojos a la realidad.


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