martes, 24 de septiembre de 2013

Fe

Es necesario tener mucha fe para poder rezar de modo que no parezca que lees la lista de la compra.

Por eso, he rebuscado entre mis despojos para encontrar la fe que he ido perdiendo por el camino. Me ha costado encontrarla, pero ahora que por fin la tengo aquí conmigo, rezo para perder la poca memoria que me queda. No quiero recordar. No quiero acordarme. No quiero que vuelvas una y otra vez, sin volver nunca. No quiero más momentos, canciones, lugares, risas ni llantos. Me hace daño pensar en lo que fue y no es, lo que pudo haber sido pero no será. Que no quiero tus palabras. Ni siquiera los abrazos. O los besos. Que se queden donde están. Me pesas como si fueras un siglo. Condenada memoria.

Rezo para que no me sigas, para que te quedes atrás. Para que la idea que tengo sobre ti se pare un rato largo a descansar. Para despertar un día y darme cuenta de que lo que me gusta de ti es puro sueño. Para que me dejes en paz.
Oraciones como bombas. 
Gozosa desmemoria.


lunes, 23 de septiembre de 2013

¿Por qué?


A menudo me pregunto por qué me gusta escribir.

Salvando las distancias, me identifico bastante con Rosa Montero y sus palabras aquí. 




Claro que creo que soy una niña que no he terminado de madurar... Una niña a la que escribir ordena, de alguna manera, el mundo. Principalmente el mundo de las emociones.

Pero además, he descubierto algo que me encanta del hecho de escribir: la mentira. Lo llevo pensando unos días y sí, a mí me sirve ese mentir, digamos, literario. 

En mi vida cotidiana tengo graves problemas con la mentira. No me gusta mentir y no suelo hacerlo. Es más, a veces creo que me paso. Vamos, que a casi nadie le importa demasiado la verdad. Y mentir me parece un recurso válido, si se utiliza bien. Supongo que me crié con mucha culpa heredada de la religión. Milongas que asfixian.  Ir a pecho descubierto te convierte en vulnerable y no mentir es un boomerang que a veces vuelve y vuelve cruzado. Pero si eres así, eres así. Un rollo.

Entonces, cuando escribes, la mentira no es falsedad, engaño, traición ni embuste. La mentira es ficción, cuento, trama, ensoñación. Me siento cómoda en ese terreno. Mientes como una bellaca mientras ves como esa gran mentira va creciendo entre tus dedos. Puede llegar a hacerse hermosa.  Yo no sé escribir largo, pero tener la capacidad de escribir un buen libro siempre me ha generado una gran admiración. 

Escribir es tejer la gran mentira de tu vida.
Me resulta curioso mirarlo así, pero no tengo duda: mentir sin remordimientos es uno de los regalos que más me interesan del acto de escribir.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Museoterapia


Hace unos días visité el Museo de las Relaciones Rotas. Un lugar donde exorcizar la pena de los amores no correspondidos, de los abandonos, de las rupturas. Un lugar para dejar ese objeto, esa foto, esa carta y esa historia que se quebró. Un lugar donde despedir simbólicamente a esa persona con la que ya no más o aquella que te rompió el corazón. Desencanto, miedo, traición, aburrimiento, abulia, desencuentro, falta de respeto, desamor. Todos los motivos del mundo. A veces el motivo puede ser la falta de motivo para continuar.

Encontré el museo de casualidad, si es que la casualidad existe y me pareció un rincón imaginativo, terapéutico (para quien envia allí sus miserias) y divertido. Las personas, sus relaciones y más aún sus relaciones rotas, son universos complejos. Y leer las rupturas ajenas -algunas francamente graciosas, otras puro drama- reconcilia con las catástrofes relacionales propias. Había piezas llenas de rabia (un hacha con la que un tipo había destrozado todos los muebles de la casa que fue común) e incluso alguna pequeña venganza con nombre y apellidos. Un traje de novia, llaves que un día abrieron puertas, ungüentos afrodisíacos que no funcionaron, condones comprados con una intención que nunca llegó a acción. Cartas de despedida, cartas de amor. Palabras, palabras, palabras... que no consiguieron que dos personas pudieran entenderse, o quererse, o ambas cosas a la vez.  

Yo también tengo alguna ruptura digna de museo. Cómo no.




Museun of Broken Relationships (aquí lo tienes)

domingo, 8 de septiembre de 2013

El tren


Hace años me enamoré perdidamente en un tren de Barcelona a Monzón. Nunca he pasado más calor que en aquel vagón. Yo volvía de un campo de trabajo con chavales discapacitados en Manchester; recuerdo que allí cumplí veinte años. Era la primera vez que había cogido un avión, también mi primera historia de amor en un tren. Llegué con mejor inglés del que me había llevado y por eso pude entablar conversación fluida con el objeto del deseo. Estábamos solos en un compartimento para ocho personas. Era un tipo atractivo, desaliñado, pelo largo, castaño, moreno de piel. Venía de su país, Hungría, y viajaba a Portugal. Todo lo que contaba era raro, pero siempre me han gustado los marcianos. Es una regla casi matemática: cuanto más, mejor. Al final, no tenía muy claro si el tipo andaba en líos ilegales o si mi inglés no era suficiente. Daba igual. Me enamoré hasta las trancas de aquel húngaro misterioso. Lloramos al despedirnos e intercambiamos las direcciones. Andreas, se llamaba. Nunca más lo vi. Ninguno de los dos hicimos por saber.

Desde entonces sólo viajo en tren, en trenes de los lentos, de los que dan tiempo a enamorarse. Nunca he vuelto a probar otro medio de transporte. No puedo ir a un montón de lugares y por eso estoy pensando en mudarme a otro país, a uno con más posibilidades ferroviarias. Desde entonces, cuando viajo, llevo conmigo una libreta por si tengo que intercambiar la dirección con alguien y también un pequeño kit de supervivencia (braga y cepillo de dientes) por si siguiendo el destino no vuelvo a casa nunca más. Me conocen en todas las estaciones y me divierto a veces pensando en lo que deben pensar de mí: estoy segura que nadie sabe mis razones para tanto viajar. He tenido algún romance memorable que me ha quedado tatuado en la piel. También recuerdo un par de donjuanes patéticos que se hicieron ilusiones. Y es que con el tiempo me he convertido en una profesional de los idilios exprés. Ahora estoy algo mosqueada con la alta velocidad: así no hay manera. No concibo la vida sin mis amantes fugaces, sin la adrenalina del tren, sin la clandestinidad de los vagones vacíos, sin las ventanillas cubiertas de vaho.

Cuántas veces me he acordado de Andreas y de nuestro breve y tórrido amor. Con él descubrí que hay trenes que no tienen billete de vuelta.


 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Mostar


¿Podría yo sobrevivir a una guerra?

Me he hecho esta pregunta en muchas ocasiones. Mi respuesta sería que no, pero sé que la vida tiene tanta fuerza que incluso puede que lo consiguiese. No sé con qué cicatrices y ni siquiera sé si sobrevivir a una guerra es un buen horizonte. Sólo sé que todavía retumban las bombas dentro de mi cabeza y nunca, en realidad, las he oído. Nausea. Balas que atraviesan también lo que no se ve. Impacto. Fotogramas que se agolpan detrás de mis ojos y no me dejan dormir.