domingo, 8 de septiembre de 2013

El tren


Hace años me enamoré perdidamente en un tren de Barcelona a Monzón. Nunca he pasado más calor que en aquel vagón. Yo volvía de un campo de trabajo con chavales discapacitados en Manchester; recuerdo que allí cumplí veinte años. Era la primera vez que había cogido un avión, también mi primera historia de amor en un tren. Llegué con mejor inglés del que me había llevado y por eso pude entablar conversación fluida con el objeto del deseo. Estábamos solos en un compartimento para ocho personas. Era un tipo atractivo, desaliñado, pelo largo, castaño, moreno de piel. Venía de su país, Hungría, y viajaba a Portugal. Todo lo que contaba era raro, pero siempre me han gustado los marcianos. Es una regla casi matemática: cuanto más, mejor. Al final, no tenía muy claro si el tipo andaba en líos ilegales o si mi inglés no era suficiente. Daba igual. Me enamoré hasta las trancas de aquel húngaro misterioso. Lloramos al despedirnos e intercambiamos las direcciones. Andreas, se llamaba. Nunca más lo vi. Ninguno de los dos hicimos por saber.

Desde entonces sólo viajo en tren, en trenes de los lentos, de los que dan tiempo a enamorarse. Nunca he vuelto a probar otro medio de transporte. No puedo ir a un montón de lugares y por eso estoy pensando en mudarme a otro país, a uno con más posibilidades ferroviarias. Desde entonces, cuando viajo, llevo conmigo una libreta por si tengo que intercambiar la dirección con alguien y también un pequeño kit de supervivencia (braga y cepillo de dientes) por si siguiendo el destino no vuelvo a casa nunca más. Me conocen en todas las estaciones y me divierto a veces pensando en lo que deben pensar de mí: estoy segura que nadie sabe mis razones para tanto viajar. He tenido algún romance memorable que me ha quedado tatuado en la piel. También recuerdo un par de donjuanes patéticos que se hicieron ilusiones. Y es que con el tiempo me he convertido en una profesional de los idilios exprés. Ahora estoy algo mosqueada con la alta velocidad: así no hay manera. No concibo la vida sin mis amantes fugaces, sin la adrenalina del tren, sin la clandestinidad de los vagones vacíos, sin las ventanillas cubiertas de vaho.

Cuántas veces me he acordado de Andreas y de nuestro breve y tórrido amor. Con él descubrí que hay trenes que no tienen billete de vuelta.


 

4 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Me encanta que a alguien le encante leerme. Siempre un placer.
      Muchas gracias, Pepi.
      :)

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  2. Los trenes, esos lugares donde el tiempo se detiene... Me encanta que te encante que a alguien le encante leerte. Bs,

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    1. Anda. Ahora te veo Peri.

      Si me lees, o no me lees: un beso.
      Te echo de menos por aquí.

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