martes, 25 de febrero de 2014

Trampas


Te precipitas contra la vida desde primera hora de la mañana hasta última de la noche, pero por más rápido que vas no consigues huir de ti mismo. Nunca es suficiente, todo es poco, siempre te pierdes algo mejor. No eliges para no morder el arrepentimiento. Echas de menos lo que no tienes, pero en cuanto lo tienes lo echas de más. No sueñas, por no tener que despertar. ¿Se puede ser feliz o es mejor quejarse? Quejarse de que nada es como querrías, de que es demasiado tarde, o demasiado pronto, o demasiado fácil o difícil o simple o complejo o intenso o descafeinado. ¿Y los demás? También es culpa suya, por ser tan malos o tan buenos o tan lerdos o inteligentes o sutiles o rudos o incluso guapos o feos. Siempre falta un poquitín para estar bien, siempre hay quien te quiere menos o más; siempre podrías ser una mejor versión de ti mismo. Esperas pero no quieres esperar, aunque a veces no puedes esperar y sin embargo crees que habría sido lo correcto. No hay manera. O de cómo caer siempre en las mismas trampas. "I just can´t face myself alone again". 

A mí también me gustaría cogerme de esa mano y quemar las carreteras buscando la tierra prometida, quitarme los fantasmas de los ojos, dejar esta ciudad de perdedores y ser libre.

No somos héroes, pero en el fondo todo está bien.


lunes, 17 de febrero de 2014

Entrañas


Estos días tengo el corazón desprotegido. Y no es sólo una metáfora.
Ando algo triste; es algo así como que no me deslizo con la vida.
Con el corazón sin coraza las emociones llegan con un extra de intensidad. Ayer enterramos a una tía abuela que quería mucho a mi madre. Y en esta despedida de ayer hubo momentos muy gratos también para su recuerdo, palabras grandes de otras personas para ella.

Justo hoy hace demasiados años que mi madre murió. Veintitrés. Ha sido como una guerra, algo a lo que en algún momento pensé que no podría sobrevivir. Hay dolores tan intensos que no se pueden contar,  tan inexplicables que no hay palabras con las que hacerse entender.

Y estos días que ando triste y algo abúlica, recuento mis pesares y son insignificantes respecto a los de entonces. Esta tristeza mía es casi risa, un entretenimiento del invierno en comparación con aquel desierto, con aquel páramo que atravesé a rastras.

De mi madre guardo muchas cosas: de las peores, su método didáctico para hacerme comer lentejas, a ostia limpia, pero ya no le guardo rencor. La recuerdo una mujer sensible en un medio atroz. La recuerdo valiente, fuerte, tenaz y muy trabajadora. Decía que admiraba de los franceses que tan pronto se calzaban unas botas y se iban al monte, como zapatos de tacón para una fiesta: gente todoterreno. Y yo creo que ella era así. De hecho nació casi en Francia. De mi madre atesoro muchas pinceladas: era generosa, experta cocinera, hacia malabares para que comiesemos caliente en tiempos de verdaderos apuros económicos (en esto alguna vez le echó una mano la tía María que se fue estos días); la recuerdo cariñosa pero firme, maternal, resuelta, exigente; también preocupadiza, inteligente, solidaria y muy enamorada. Mucho. 

Una vez me atrapó en su red un chico que me dijo con media sonrisa "yo, soy hijo del amor" y me explicó un poco acerca de la historia de sus padres y por qué él creía que era hijo del amor. Muy gracioso. Y singular. En ese preciso momento comprendí  una cosa extraordinaria en la que todavía no había reparado: que yo también soy hija del amor. No me cupo ninguna duda. Me pareció lindo y me lo parece aún ahora.

El amor, de alguna manera, es también el mejor regalo que me queda de ella.
Gracias, madre.


miércoles, 12 de febrero de 2014

Mis charcos


A finales de diciembre, Antoine se fue. Un tumor cerebral se llevó su risa. Hace dos semanas, Beatriz ingresó de urgencia en el hospital, con un derrame también cerebral. Hoy sigue sin palabras, sin movimiento, sin emociones. La semana pasada Fanny se tiró por la ventana. Un séptimo piso y adiós.

Enero me ha robado el brillo, se ha entretenido en dolerme, en acumular ausencias, insomnio, preguntas y espalda cargada. Pacté con el invierno que no me agrediría, pero está claro que hemos de revisar algunas clausulas de su rendición.

Esta oscuridad dice pocas cosas muy claras: tenemos poco tiempo, sólo es lícito vivir a conciencia, en profundidad.

Saltaré sobre los charcos, y todo habrá pasado.