lunes, 17 de febrero de 2014

Entrañas


Estos días tengo el corazón desprotegido. Y no es sólo una metáfora.
Ando algo triste; es algo así como que no me deslizo con la vida.
Con el corazón sin coraza las emociones llegan con un extra de intensidad. Ayer enterramos a una tía abuela que quería mucho a mi madre. Y en esta despedida de ayer hubo momentos muy gratos también para su recuerdo, palabras grandes de otras personas para ella.

Justo hoy hace demasiados años que mi madre murió. Veintitrés. Ha sido como una guerra, algo a lo que en algún momento pensé que no podría sobrevivir. Hay dolores tan intensos que no se pueden contar,  tan inexplicables que no hay palabras con las que hacerse entender.

Y estos días que ando triste y algo abúlica, recuento mis pesares y son insignificantes respecto a los de entonces. Esta tristeza mía es casi risa, un entretenimiento del invierno en comparación con aquel desierto, con aquel páramo que atravesé a rastras.

De mi madre guardo muchas cosas: de las peores, su método didáctico para hacerme comer lentejas, a ostia limpia, pero ya no le guardo rencor. La recuerdo una mujer sensible en un medio atroz. La recuerdo valiente, fuerte, tenaz y muy trabajadora. Decía que admiraba de los franceses que tan pronto se calzaban unas botas y se iban al monte, como zapatos de tacón para una fiesta: gente todoterreno. Y yo creo que ella era así. De hecho nació casi en Francia. De mi madre atesoro muchas pinceladas: era generosa, experta cocinera, hacia malabares para que comiesemos caliente en tiempos de verdaderos apuros económicos (en esto alguna vez le echó una mano la tía María que se fue estos días); la recuerdo cariñosa pero firme, maternal, resuelta, exigente; también preocupadiza, inteligente, solidaria y muy enamorada. Mucho. 

Una vez me atrapó en su red un chico que me dijo con media sonrisa "yo, soy hijo del amor" y me explicó un poco acerca de la historia de sus padres y por qué él creía que era hijo del amor. Muy gracioso. Y singular. En ese preciso momento comprendí  una cosa extraordinaria en la que todavía no había reparado: que yo también soy hija del amor. No me cupo ninguna duda. Me pareció lindo y me lo parece aún ahora.

El amor, de alguna manera, es también el mejor regalo que me queda de ella.
Gracias, madre.


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