martes, 1 de julio de 2014

Casi


Me aproximo sigilosa hacia agosto. Cuarenta tacos. Lo pongo en letra porque es más disimulado. No sé si el cansancio de mis días de verano es por la crisis correspondiente o si simplemente estoy sumida en mi estado de crisis habitual, pero hace calor y me canso más. En definitiva, me gusta exagerar, pero sólo por verte reír.

Nunca pensé llegar hasta aquí. O en llegar, en cierto modo, con tanta alegría. Cada vez me río más a gusto, sobre todo de mí. Hay algo en mi interior que está en mejor forma que nunca. Eso me parece. Quizás estoy vuelta loca y no veo la realidad, pero me temo que no, que podría estar mucho más pirada. Y los cuarenta, al final, no deben ser el fin de nada... ¿de qué? Si son el fin de algo, que lo sean de la idiocia.

Desde que tengo uso de razón, bailo haciendo equilibrios. Danzo bajo mi propia mirada escrutadora, como lanzada desde los ojos de un padre celoso, que no quiere que su niña coquetee con el primer gilipollas pero tampoco quiere ver que pasa la fiesta sola en un rincón. Me miro, por la rendija que queda entre el miedo y el deseo. Me deslizo, tratando de que mi rozamiento con los raíles de la vida sea cada vez menor.

El rollo (o la maravilla) es que a estas alturas te equivocas como antes, te asaltan las mismas dudas, te escuecen los mismos desamores, te afean los mismos talones de Aquiles. Todo es lo mismo. Sólo algunos relojes parece que se ponen a avanzar más rápido, aunque me temo que también sea una gran mentira. Tiempo hay, siempre. Porque el tiempo que a veces se me escapa de las manos, en otras ocasiones se alía conmigo para hacer grandes cosas. Sólo son necesarias centésimas de segundo para tomar una decisión, para decir que sí, o que no, para abrir los brazos a lo que esté por llegar, para dejar atrás todas las resistencias.

Leí alguna vez por ahí que mi nombre significa "la que otorga la felicidad" y entendí entonces que yo era sólo para los demás. Qué bruta. Ahora, tanto tiempo después, sé que no. Y esa gratificante arruga, entre otras muchas, se la debo a la edad.

No me gustan los años pares. No me gustan los números pares. Me gusta lo impar, lo dispar, lo singular, lo torcido. Sin embargo, en esta ocasión, me rindo ante la belleza de un número tan redondo.

Mi mítico pesimismo se enreda cada vez más con un optimismo sereno, pero si he de elegir, me quedo con el realismo mágico, cómo no. La magia, también a los cuarenta.


Déjame soñar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario