miércoles, 1 de octubre de 2014

Alegría de no vivir


Era hipocondriaco. 

A lo largo de los años había sufrido algunas dolencias reales, pero se aficionó tanto a los síntomas, que no podía despegarse de ellos. Se enamoró de la enfermedad. Tomaba catorce medicinas distintas, en todos los formatos y colores, que le ayudaban a sentirse mejor. Y, sin embargo, miraba con ojos entre la misericordia y el asco a los yonquis. Había llegado un punto en el que su vida sólo tenía sentido si estaba enfermo a diario. Tenía muy poco más de que hablar, de hecho siempre era la misma perorata: él, él y sólo él, sus dolores, sus malestares, sus mareos, su sufrimiento, la confirmación de que era él el que estaba peor, al que le dolía más, al que la enfermedad había azotado más cruelmente. 

Desde su castillo enfermo, repelía con ímpetu los envites de quien tratase siquiera de rozarle las murallas: no escuchaba a nadie que no asintiese resignado a sus lamentaciones. En su obcecación, se alejaba cada vez más de la posibilidad de estar sano, de sentirse bien. Esa defensa férrea de su patológico dominio era lo mismo que una muerte lenta y tediosa, una aniquilación de lo que había de vivo en si mismo.

Y sin embargo, era feliz.
 Los caminos, que son inescrutables.



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