martes, 14 de octubre de 2014

No apta


Desperté a las nueve y cuarto, cuando la hermana trinitaria que me había atendido al llegar la noche anterior abrió, con el brío que debe proporcionar la fe, la puerta de la habitación comunitaria.

No dijo nada, sólo abrió y cerró. La vi en mi ensoñación y reconocí a esa mujer fortaleza; di un respingo y me levanté, angustiada, pues de momento ya no había cumplido mi único compromiso. 

Mi noche había sido larga. El italiano me pareció un tipo encantador, se emocionó al contarme algunas cosas que traía consigo, en la mochila. Un tío majo, hasta que empezó a roncar. Entre mis pensamientos enredados por el inmsomnio, urdí incluso algún plan para cargármelo, con la distancia que da la certeza de que roncar no era un motivo suficiente. En la litera, debajo de mí, la australiana estuvo también mucho rato dando vueltas, y yo comprendí que era una penitencia grande andar durmiendo con alguien así día tras día. Como dice una amiga psicóloga: allá cada cual con sus perversiones.

Por lo visto, el italiano era mucho más ruidoso dormido que despierto, pues ni me enteré de su partida, de ninguno de los dos, la verdad. Así, cuando la hermaba trinitaria cerró la puerta,  fui consciente de que hacía casi una hora que yo tenía que haber salido de allí. Salté de la cama y fui tras ella, por el pasillo kilométrico de ese sacrosanto lugar, elaborando la disculpa que iba a pedirle.

En el refectorio ya no había nadie, unos dulces sobre la mesa, supuse que para mí. Llamé a la puerta por la que se había retirado mi mujer alcázar la noche anterior, cuando nos despedimos. Nada. Silencio enclaustrado. Y entonces vi la nota: " No vuelvas. No pierdas tu tiempo. No eres apta para la clausura. Buen camino".

No sé si sentí más liberación yo o la monja que llevo dentro. Desde entonces duermo todas las noches de un tirón.


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