domingo, 23 de noviembre de 2014

Cabriola


Hoy ha caído en mi mano este recorte de periódico de principios de los noventa: empieza a ser una reliquia. En realidad es un manuscrito, lo copié y el original se lo envié junto con una carta a mi primer gran desamor. El texto, así, no es mío. Sirvió entonces para poner palabras a lo que yo no sabía. Ni siquiera tenía claro si era la remitente o la destinataria. Emana ternura. Así era yo. Sufrí mucho, como se sufre cuando tienes 19 años y crees que el amor que se acaba es el único posible. Ahora lo leo y me parece un recuerdo dulce. ¿Acaso no es magia lo que hace el tiempo con nuestra biografía?

Cabriola
Anoche dormí con tu sombra porque tú no estabas, y a ella le conté las mil historias que agitaban mi sueño. En el silencio negro las sábanas arroparon el momento en que creí tenerte a través de la oscuridad. Pero todo era mentira y lloramos por un imposible. Más allá de la luz vagaban los recuerdos como sonámbulos, buscándote entre las nubes... Y al amanecer encontré mi almohada llena de lágrimas y de besos muertos.

En aquel instante supe que aunque yo tocara tu piel tu mente nunca me sentiría, porque te me escapas, te vas hacia un destino que no conozco, que sólo a ti te pertenece. Muchas voces te llaman en la madrugada, voces que has oído otras veces y dicen tu nombre. Notaba tu cuerpo y el frío de tus huesos que estaban en otra parte, miraba tus ojos y adivinaba un mundo ajeno. Y es que tú, maravillosa y bruja, no eras de mí; ni siquiera sabías el color del  aire que te envolvía y te alejaba de mis labios. Sé que vives en la música de unos versos que jamás podré leer, en la miel de una sonrisa que voló hacia el cielo...

Y hoy, que has olvidado hasta tu sombra, paseo por tu ausencia recogiendo en mi memoria marchita aquellas frases que me hicieron presagiar tu marcha mucho antes de que tu cuerpo abandonara al mío. En las palabras que no digo está tu piel intacta, escondiendo tu otra vida, la que siempre me negaste, esa que yo intuía en tus largos silencios y en aquella risa cristalina que aún fustiga mis oidos.

En las tibias luces blancas mis recuerdos se vuelven uno solo y me hablan de aquel eterno minuto en que me asomé a tu alma, tan grande que se te derramaba toda y comprendí tu esfuerzo en sujetarla. Camina, corre hacia ella y dibuja un paisaje para encontrarte. Y cuando tu sombra se incruste en la soledad del páramo, piensa que yo, clavado en el suelo, no pude soñar contigo y que mi boca guardará siempre el sabor mágico de un beso extraño que te arranqué mientras dormías.


sábado, 22 de noviembre de 2014

Del cielo al suelo


En un momento caí del cielo al suelo, y mientras caía vi aquel agujero. Sé que tampoco tú estarás contento, pero es por mí por quien más lo siento. Para la próxima vez, estaré más al tanto. Tengo que acordarme de no subir tan alto.
Lorena Álvarez


martes, 18 de noviembre de 2014

Infancia salvaje


El muñeco fue el primero en cerrar los ojos. A partir de ahí, las muertes en el jardín de infancia no dejaron de sucederse. Todas las miradas se centraron en el capitán Garfio, pero a mí me resultaba mucho más inquietante el globo de Pocoyó, sus ojos vacíos y su media sonrisa, que se asomaba desde el techo a la escena del crimen. La investigación sigue abierta. Y yo, tengo miedo.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Poderes


Empiezo la semana con poder, con poderes extraños que redescubro medio dormidos. Y es que el otoño tiene la capacidad de enlentecer la vida, de invitar a pisar el freno y respirar más despacio, para que en ese recogerse y concentrarse emerjan fuerzas telúricas que andaban por ahí despistadas, de veraneo.

Se asocia la estación a depresión y, en ese sentido, sí que hay algo generalizado de disminución de energía, de bajada de tono vital. Quizás nos aterra la introspección, que se potencia con la caída de las hojas, con la disminución de la luz, con la cortedad de los días. Pero yo, cada vez más, relaciono este tiempo con sentirme semilla: una semilla al abrigo del mundo, calentita, protegida en la oscuridad de la tierra húmeda, recogiendo de fuera todo lo que necesito, estirándome juguetona y perezosa, esperando paciente el momento de crecer definitivamente y sacar algo de mí al exterior.

Es tiempo de cuidarse, de nutrirse, de mimarse un poco. Y de mirar sin miedo a los días más cortos, de desafiar a lo que se supone que debería ser y dejarse camelar por el sol de otoño juguetón.


domingo, 16 de noviembre de 2014

Fuerza


Vengo del cine. Into the wild en vose, qué bien. Vengo tocada por algunas frases, tocada en el sentido de rozada, de acariciada, de que algo de la narración me ha llegado, con potencia, además de la incontestable belleza visual. Es una película basada en hechos reales contada con mucho cuidado, muy bonica, con tempo lento, Eddie Vedder a la música, fotografía preciosa y que relata una historia tierna y dura a la vez, de búsqueda de pureza, libertad y coherencia. Hace como una especie de breve recordatorio de pequeñas cosas importantes para funcionar por el ancho mundo. 

Habla de que la fragilidad del cristal no indica debilidad, sino calidad. Y habla también de que "en la vida lo importante no es ser fuerte sino sentirse fuerte, medir tu capacidad al menos una vez, hallarte al menos una vez en el estado más primitivo del ser humano, enfrentarte solo a la piedra ciega y sorda sin nada que te ayude, salvo las manos y la cabeza".

Sentirse fuerte. Confiar en la propia fuerza. 
Ese es el desafío. 


martes, 11 de noviembre de 2014


Hablaba el sábado en la cena con unos amigos de la negrura (o no) de este espacio, de este blog. Me dicen personas amables, con su criterio, que a veces leen entradas y les entran ganas de llorar, que les llega reflejado algo quizás ¿triste?. No lo negué ni lo niego ahora. De vez en cuando hago el ejercicio de releerme procurando cambiar mis propios ojos por los de un extraño y, sin duda, puedo encontrar una línea conductora que como "alegre" no podría etiquetar. Así es la cosa. Y sin embargo, me recuerdo en muchos momentos pequeñitos, abiertamente feliz y tranquila, divagando sobre cuestiones que a mí me hacen pensar. A mí este lugar me da más gloria que pena, esa es la verdad.

Es un ángulo de creación, de búsqueda de belleza, de sorpresa, de soltar nudos: todo esto ya lo he ido contando a lo largo de este tiempo juntos.  Si tuviera que decantarme entre lo blanco y el negro, me quedo con la luz que ilumina todo el espectro de colores. Sé que es un lugar que a veces devuelve emociones, que puede alegrar, poner triste o dibujar una media sonrisa. Pero eso no es sólo mío, no me siento tan responsable: mi criatura es ésta y lo que despierta en el otro tiene más que ver con el otro que conmigo misma. Y está bien que así sea. Este no es mi querido diario, ni mi confesión profunda, ni mi muro de las lamentaciones. Hay mucha ficción entre estas letras, así como indudablemente hay algo de lo mío, cómo no. Lo definiría, honestamente, como un punto de encuentro entre lo que yo escribo y tú lees, sin más pretensión que, quizás, enredar un rato juntos.

Y, en realidad, a mí lo que más me interesa es la reflexión, el ejercicio imaginativo que me supone darle vida a esta pantalla. Me interesa aquí lo efímero, lo pasajero, como un capazo en el Coso de Huesca, que puede ser intrascendente y bobo o alcanzar una profundidad inesperada.

Todo es relativo, como ese día que dice Lou Reed que es perfecto, pero a mí me suena tan triste.



viernes, 7 de noviembre de 2014


Yo tampoco soy tan fuerte, ni tan fluida e inteligente. También lloro. También me he vengado, usándote de alguna manera. Me has herido. Me siento rota. Y también pongo excusas, hermano, para que no te sientas mal.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Añoranzas


Echar de menos es una trampa mortal que desdibuja el presente y pone el acento a otro tiempo supuestamente mejor. Yo no echo de menos otras épocas, no soy demasiado nostálgica en ese sentido. Camino convencida de que cada momento es la oportunidad que tenemos, que lo que de bueno nos ocurrió está ahí para ensancharnos el alma, para chispearnos en los ojos, nunca para entristecer. Por eso creo que hay que esforzarse en ser lo mejor, en hacer lo mejor -y no me refiero a los mandamientos del catecismo cristiano ni a los anuncios de cocacola- para escribir nuestra biografía más cuidada.

Sin embargo, sí echo mucho de menos a las personas. El deseo de abrazar a gente a la que quiero, de tener una conversación de esas de quedarse desnuda, de horas, sin prisa. El calor de mi madre. Los hombres de mi vida. Las risas con tanta y tanta gente con la que me hace bien estar. Las penas a medias. La confianza. La complicidad de quien te conoce (bastante) bien. Sentirse bien con los demás, con los de verdad, que no es exactamente lo mismo que pasar un buen rato. Compartir con quien quieres compartir. Las palabras que intercambiamos, que nos hacen humanos. La mirada del otro.

Lo pienso a veces y, sí, puede que ese sea mi mayor patrimonio: mis personas importantes. Es en las relaciones en lo que me empleo a fondo y disfruto y también sufro, pues el infierno puede prender también en el roce.

Echar de menos tiene algo de chute, de dulzor adictivo, de nebulosa. Los que ya no están escuecen como alcohol en una herida. No hay cura rápida para una ausencia, no hay receta mágica para escapar de quien desapareció, del que echó a correr y te dejó atrás, de la que nunca contestó a tu carta o de aquel que quiso cortar el hilo. Pero, sin duda, la peor de las ausencias es la de quien tienes al lado pero sabes que no está. Contra esa, sólo se me ocurre una solución: dinamitar la ciudad. Y no mirar atrás.




Un recuerdo alegre, el Pla persona con el que me encontré ayer.