domingo, 2 de noviembre de 2014

Añoranzas


Echar de menos es una trampa mortal que desdibuja el presente y pone el acento a otro tiempo supuestamente mejor. Yo no echo de menos otras épocas, no soy demasiado nostálgica en ese sentido. Camino convencida de que cada momento es la oportunidad que tenemos, que lo que de bueno nos ocurrió está ahí para ensancharnos el alma, para chispearnos en los ojos, nunca para entristecer. Por eso creo que hay que esforzarse en ser lo mejor, en hacer lo mejor -y no me refiero a los mandamientos del catecismo cristiano ni a los anuncios de cocacola- para escribir nuestra biografía más cuidada.

Sin embargo, sí echo mucho de menos a las personas. El deseo de abrazar a gente a la que quiero, de tener una conversación de esas de quedarse desnuda, de horas, sin prisa. El calor de mi madre. Los hombres de mi vida. Las risas con tanta y tanta gente con la que me hace bien estar. Las penas a medias. La confianza. La complicidad de quien te conoce (bastante) bien. Sentirse bien con los demás, con los de verdad, que no es exactamente lo mismo que pasar un buen rato. Compartir con quien quieres compartir. Las palabras que intercambiamos, que nos hacen humanos. La mirada del otro.

Lo pienso a veces y, sí, puede que ese sea mi mayor patrimonio: mis personas importantes. Es en las relaciones en lo que me empleo a fondo y disfruto y también sufro, pues el infierno puede prender también en el roce.

Echar de menos tiene algo de chute, de dulzor adictivo, de nebulosa. Los que ya no están escuecen como alcohol en una herida. No hay cura rápida para una ausencia, no hay receta mágica para escapar de quien desapareció, del que echó a correr y te dejó atrás, de la que nunca contestó a tu carta o de aquel que quiso cortar el hilo. Pero, sin duda, la peor de las ausencias es la de quien tienes al lado pero sabes que no está. Contra esa, sólo se me ocurre una solución: dinamitar la ciudad. Y no mirar atrás.




Un recuerdo alegre, el Pla persona con el que me encontré ayer. 

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