lunes, 17 de noviembre de 2014

Poderes


Empiezo la semana con poder, con poderes extraños que redescubro medio dormidos. Y es que el otoño tiene la capacidad de enlentecer la vida, de invitar a pisar el freno y respirar más despacio, para que en ese recogerse y concentrarse emerjan fuerzas telúricas que andaban por ahí despistadas, de veraneo.

Se asocia la estación a depresión y, en ese sentido, sí que hay algo generalizado de disminución de energía, de bajada de tono vital. Quizás nos aterra la introspección, que se potencia con la caída de las hojas, con la disminución de la luz, con la cortedad de los días. Pero yo, cada vez más, relaciono este tiempo con sentirme semilla: una semilla al abrigo del mundo, calentita, protegida en la oscuridad de la tierra húmeda, recogiendo de fuera todo lo que necesito, estirándome juguetona y perezosa, esperando paciente el momento de crecer definitivamente y sacar algo de mí al exterior.

Es tiempo de cuidarse, de nutrirse, de mimarse un poco. Y de mirar sin miedo a los días más cortos, de desafiar a lo que se supone que debería ser y dejarse camelar por el sol de otoño juguetón.


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