jueves, 29 de enero de 2015

Pequeño lío para hablar de los ojos de Diego


No me sirve ningún modelo, teoría ni doctrina. Estoy en mi punto más alto de descreimiento, tal es mi desencanto respecto a lo que se considera normal, supuestamente válido o general. Digo hace tiempo que sólo creo en la excepción, y eso me salva personalmente del naufragio absoluto. Cada vez me muevo más cómoda con esta compañía y me identifico menos con etiquetas, convenciones o estereotipos. Entre mis amarres a la vida está la certeza de que existen criaturas excepcionales, gestos sencillos llenos de heroicidad, noticias que despiertan alegría, personas que de verdad intentan que el mundo sea un lugar mejor, risas que se cuelan entre algún llanto amargo, palabras que curan y amores profundos, en medio del estrépito de un modus vivendi superficial.

Luego están todas las dificultades que hacen que las excepciones nos resulten utópicas: los desencantos individuales o colectivos, las mochilas que cargamos, las actitudes que no queremos cambiar porque en el fondo estamos cómodos, el miedo, las malas rachas, los traumas, el desengaño social o político o cultural, las ataduras mentales que nos bloquean e incluso la corrosiva desilusión.

Quizás andamos en un mundo sálvese quién pueda, pero siempre queda alguna mano a la que agarrarse, pues salvarse solo es un absurdo: ¿para qué? Puede que nuestra época sea cruda, pero convertirla en mezquina es ya una opción personal. Dicen que somos depredadores, no sé, se dicen tantas cosas que una ya no sabe qué creer. Contra lo que los demás dicen, está lo que una piensa. Y ahí reside el interés de tanto trabajo personal. Escuchar para pensar, pensar para saber. ¿Y si somos depredadores, como dicen? Bueno, vale, pero tenemos capacidades para sobreponernos a la necesidad de dominar, de poseer, de dañar, de extorsionar al otro.

Mi hermano Mario nos recordaba el otro día algo que decía nuestra madre cuando éramos unos críos: "el saber es lo único que no os podrán quitar". Es una frase que me ronda ahora. Las únicas cosas que de verdad sé tienen poco que ver con lo que está en los libros: me apasiona aprender, pero olvido mucho, quizás porque mi mente inquieta está siempre en demasiados lugares y no acaba de prestar atención a lo concreto. No suelo recordar la decoración de una casa de la que acabo de salir, por ejemplo, pero me quedo con una impresión habitualmente potente de la emoción que yo creo que predominaba en las personas que estaban en ella. Cosas así. O no consigo acordarme del final de libros o pelis que me han impactado, pero sí de conversaciones de barra de bar absolutamente banales. El detalle, lo pequeño, lo raro, lo que no se ve. Aprendo por ósmosis, por cercanía, por empatía o porque algo me resulta delicado y especial. Me fascina la poesía de las cosas cotidianas y me la apropio, si se deja.  

Una vez llegada a la poesía, vuelvo también a la excepción. Y sé que a veces suceden cosas singulares, que me explican el mundo. Los ojos de Diego: esta mañana, mientras yo movilizaba sus brazos paralizados, han coincidido nuestros ojos en un momento hermoso y efímero. La conexión con Diego, con su mirada, con mis movimientos que también hago suyos para tratar de mediar con su cuerpo, de recordarle que una vez podía hacerlos él. Dar y recibir. El porqué de mi necesidad de trabajar con las personas, de acompañar a los otros, de intentar ayudarles en algo, cuando sé que ayudar es realmente difícil. Sin embargo, los ojos de Diego, cuando se fijan en mí mientras estiro sus músculos, atestiguan que al menos una pequeña porción de lo que hago tiene sentido. Allí he encontrado un instante de  paz, puede que incluso de sabiduría, algo que estoy convencida que no explica ningún manual. No lo puedo contar de una forma más clara, pero algo de lo que yo sé ha chispeado con algo de lo que sabe él, acercándonos en un punto mágico, de sanación mutua. Yo no sé si mi madre también se refería a estas cosas cuando hablaba de "el saber", pero lo que sí sé es que esa sensación de hoy, ese hallazgo, tampoco nadie me lo podrá quitar.


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