lunes, 2 de febrero de 2015

Rigores


Inmediatamente pedí que cerraran la tapa del ataúd. Pronto empecé a notar cómo el frío se instalaba en todos mis huesos y una sonrisilla lo hacía en los labios. Me entró tal paranoia pensando que eso debía ser el inicio del rigor mortis que empecé a gritar como un poseso, sin saber si estaba en el mundo de los vivos o de los muertos. 

Al primero que vi cuando levantaron la tapa fue a mi principal cómplice en aquella aventura, Adrián, seguido por mi padre, ya con la correa en la mano. 

Allí acabó mi niñez, cuando descubrí que es el rigor de los vivos el más peligroso.


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