domingo, 12 de abril de 2015

Radical


Vivir una historia de amor de veinte años es -en estos momentos- revolucionario. 

Este pensamiento que hago mío, aunque en realidad escuché a otro, me sirve de pegamento a estos días, o a lo que a mí me queda de ellos: personas de hace más de veinte años que te hacen sentir un tesoro, y al revés; rincones que devuelven recuerdos, lugares que nunca se fueron de mi vida, mentes abiertas, la inteligencia de la humildad, música en directo, los capazos míticos, verbos necesarios, personajes singulares, influencias, palabras, ojos grandes o que parecen grandes, por la avidez, confesiones que emocionan, resacas, mis hermanos, tender la mano, la tranquilidad de los que sabes que de verdad están, reír con Marianillo de mi también mítica candidez, agua, recordar beber mucha agua, compartir, admirar al otro, soñar despierta, Huesqueta y el amor-odio que me provocan los lugares cuando se me hacen pequeños, y me asfixian... pero a la vez lo son tanto, que permiten una calidad de relación difícil de encontrar en el ancho mundo. Pensamientos que van rápido, cerebros que funcionan a otra velocidad; tender puentes, sanación. El exceso de los defectos. Lo posible y real frente a lo difícil e improbable. 

Soy radical en mis amores, creo que siempre fui así; sostengo que no se puede querer a fondo sin una voluntad firme, querer por descuido o cobardía, como tampoco creo que se pueda construir a machetazos: mejor dame susurros. Me siento afortunada, cada vez más, por saber conservar unos cuantos de esos amores, en plena forma, incluso más de dos décadas después. Me pesan las alas a veces, cómo no, pero la sensación se aligera con la sorpresa que me sigue produciendo ese sumar personas y tiempo a mi relato. 

Creo en los amores diversos.
Y, sin duda, creo en la revolución.



Los mejores sueños los tengo despierta, 
y alguno seguro que lo tuve en el callejón del Arkanos.











2 comentarios:

  1. Nos faltó hablar de Martín Hache y ahora me falta procesar todo lo de estos días intensos y la ecuación espacio temporal de El 21 donde creo que estuvimos unos eternamente intensos cinco minutos (los de Víctor Jara).

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    1. Si llegamos a recalar en Martín Hache, quizás se me habrían desatado emociones arcaicas, más aún que los recuerdos y los sueños del callejón del Arkanos. Lo mejor que me pasa en la vida son esa especie de eternos cinco minutos que tengo de vez en cuando. Bonito recuerdo del 21. :)

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