martes, 7 de julio de 2015

Vida empuja


Bajó del avión con esa presión en la garganta que le recordaba que, tarde o temprano, tendría que volver. A decir lo no dicho, a vomitar aquella indigestión que tenían a medias. Vino aquí deslumbrado por el espejismo de que la novedad le salvase. Nunca había salido de su ciudad, le hacían gracia esos colegas de culo inquieto que siempre se estaban yendo, seguro de su lugar en el mundo. Pero a veces pasan cosas, no grandes ni pequeñas, sólo cosas que nos dinamitan el universo construido. Aquello le pareció demasiado como para soltárselo así, a ella, ahora que estaba tan afectada por los problemas del curro y la enfermedad de su madre, también por las rabietas continuas de Adrián y sus dos años y medio. Y no era que nadie se hubiese colado por las fisuras de su relación, eso sería mucho más fácil. Era una liberación, quién sabe si también una tragedia. Y todavía seguía ese nudo en la garganta, mientras enseñaba el pasaporte en el control. Le gustaría poder decirle a ese tipo de uniforme que tenía miedo, que tenía miedo pero no iba a volver, que tenía miedo pero no iba a volver nunca más. Y gritárselo: NUNCA MÁS.


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