viernes, 21 de agosto de 2015

Flores en el hormigón


                                                                                                                        Tempelhof airport, Berlín


De un viaje, queda también lo que no se ve. Los viajes que se construyen dentro de un viaje son territorio para la memoria de las emociones, caminos que conducen a lugares de belleza donde reposar el cansancio acumulado en ruta, pero también a precipicios sobre mares insondables, a la sensación de pequeñez, de vulnerabilidad, de sensibilidad extrema e incluso cruel. No hay foto que recree esa intensidad tan genuina. No existe mecanismo que inmortalice el viaje dentro del viaje, para que se pueda siquiera intuir desde el exterior. 

Viajar es concentrar la vida, elegir qué es tan importante como para meterlo en nuestra mochila y ponerse en juego con el mundo de un modo decidido. Estar en movimiento implica poder mirarlo todo desde ángulos distintos, una capacidad rara de libre observación. La incertidumbre de lo que va a pasar cuando todo es distinto, el enredo de los sentimientos en ese paréntesis a la vida o las distintas sensibilidades que se rozan aunque sea de una forma fugaz son hallazgos incontestables de los inquietos. 

A veces sólo las pequeñas cosas pueden explicar porqué llegamos tan lejos. 
Palabras en los muros, flores en el hormigón.






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